Antes de que fuera un sacerdote u obispo, Mario Alberto Avilés creció aprendiendo la importancia de la familia y la fe. El más chico de cinco hijos, su madre y abuela le inculcaron una devoción a Nuestra Santa madre María; el ejemplo de sus padres le enseñaron el significado del compromiso.
“Es por mi familia que estoy aquí,” dijo él, “por el ejemplo de compromiso de mis padres hacia ellos por tantos años.” “Mis viejitos,” como los llama afectivamente. Hijo de Rafael Avilés y María Guadalupe Campos, el nació en la Ciudad de México el 16 de septiembre de 1969.
Los padres del Obispo Avilés han estado casados por 70 años. Para el aniversario an este año y a sus bodas de oro en el 2005, su hijo menor ofició la renovación de sus votos. Él también ofició el aniversario número 75 de bodas de sus abuelos en 2006. “Fue un momento muy especial para mí”, dijo él. “Yo fui el producto de ese amor y compromiso que hicieron hace 70 años, en 1955.”
Su hermana Rocío Avilés recuerda ese día. “Nunca imaginamos que mi hermano celebraría la Misa para el aniversario 50 de mis padres en la misma iglesia (Parroquia de San Vicente Ferrer) dónde se casaron en la Ciudad de México, en la misma fecha y hora – agosto 13, 1 pm.
Rocío, la mayor y con trece años más que él, cuidó de su hermano como una segunda madre. Ella dijo que mientras su hermano era el más joven, siempre fue muy maduro para su edad e hizo las decisiones correctas.
“Es un hermano maravilloso, un hijo maravilloso,” dijo ella. “Tiene un gran corazón.” Ella también le da crédito al ejemplo de sus padres por sus fuertes lazos familiares. “Nuestros padres siempre enfatizaron que debemos de estar cerca.”
Cuando el Obispo Avilés decidió entrar al seminario del Oratorio de San Felipe Neri en 1986, habló con sus padres y con cada uno de sus hermanos. “Todos lo apoyamos,” dijo su hermana. “Sabíamos que Dios había marcado su camino por él.”
Ella recuerda el consejo que le dio, diciéndole que la Iglesia necesitaba sacerdotes que se preocuparan por los jóvenes. Ella también le dijo que se preparara bien y que no se quedara sentado en la sacristía.
“Hemos sido bendecidos por Dios,” dijo ella. “Estamos tan contentos”, fue nombrado obispo. Su padre, Rafael Avilés Hernández, dijo que las palabras no podían expresar la emoción que sintió cuando su hijo fue ascendido a la oficina de obispo. “Primeramente, estoy agradecido con Dios.”
“Desde el momento que él hizo su decisión (de entrar al sacerdocio), siempre hemos estado de su lado. Pensar que tenemos un nuevo pescador de hombres,” añadió.
“Principalmente, como hijo,” dijo él, “le deseo todo lo mejor. Él ha respondido a todo lo que un ser humano puede aprender y aplicar. Sobre todo, compartirlo con otros de la mejor forma posible.”
Rafael Avilés dijo que hubo muchos que ayudaron a su hijo en el camino mientras crecía en la Cuidad de México. La madre del Obispo Avilés dijo que nunca se imaginó que su hijo sería obispo. Ella comparte la dicha de su esposo y el agradecimiento a Dios. Una alegría mayor, dijo ella, fue el tener a toda su familia reunida para la Misa de ordenación para el pequeño de la familia. Dijo ella, seguro que Dios ha marcado su camino.
Cuando Avilés fue ordenado como sacerdote, hace casi 20 años el 21 de julio de 1998 en la Basílica de Nuestra Señora de San Juan del Valle – Santuario Nacional, ambos padres llevaron la ofrenda, el pan y el vino, al altar.
Avanzando al 22 de febrero del 2018 y sus padres una vez más traen la ofrenda, esta vez para su ordenación como obispo. “Fue una verdadera bendición,” dijo el Obispo Avilés, “y estoy verdaderamente agradecido con el Señor por esta oportunidad de tener a mis padres en mi ordenación episcopal.”
“Esos momentos que viví en la ordenación – verlos caminar por el pasillo con el pan y el vino para la consagración; volvió a mí esa memoria de hace 20 años. Claro, mis padres eran más jóvenes.
Si bien no puede visitar a sus padres en la ciudad de México tan a menudo como él quisiera, el Obispo Avilés se mantiene en contacto. La familia, dijo él, es importante. “Es por eso que mi escudo de armas incluye mi blasón familiar.”
El Obispo Avilés recordó varias memorias del hogar y vivir con su familia. “Hemos pasado buenos momentos y malos ratos y conflictos y discusiones, pero definitivamente la familia es en donde la fidelidad ha estado presente. la fidelidad al sacramento del matrimonio.” “Mis padres siempre estuvieron ahí para nosotros,” dijo él.
“No éramos una familia acomodada,” dijo él, pero la familia pasaba tiempo juntos, ya sea en el día a día de la vida o celebrando cumpleaños y otras ocasiones especiales. Incluso un paseo por el parque podía sentirse como unas vacaciones.
“Fue una familia muy normal,” dijo el Obispo Avilés, “pero una familia que siempre me mostró a mí y a mis hermanos y hermana que la fidelidad al Señor, del compromiso de seguir juntos y ser un ejemplo los unos para los otros.”
El Obispo Avilés compartió que su madre, durante la crianza de cuatro hijos y una hija, le dio a cada uno deberes en el hogar. “No había diferencia entre niñas y niños,” dijo él, “cuando se trataba de deberes, era parte de ser una familia”.” Ella incluso le enseñó a los niños a lavar la ropa y cocinar.
Sin embargo, él dijo que no todos tuvieron éxito en la cocina, ya que no es uno de sus fuertes. Pero para saborear el hogar, la sopa de fideo le trae recuerdos.
Viviendo en la Ciudad de México, su hermana Rocío Avilés dijo, “Queremos que sepa que toda la familia está con él, y que le deseamos lo mejor. Que continúe siguiendo el camino que Dios ha confiado para él.”